El mayor símbolo de la Monarquía francesa del siglo XVII
- Pedro

- 17 abr 2020
- 3 Min. de lectura
He estado tres veces en este palacio y he de reconocer que brilla tanto por fuera como por dentro. Su fama mundial viene dada por los grandes detalles arquitectónicos, el gran lujo de sus salas interiores, sus jardines súper cuidados que parecen una alfombra verde y sobre todo lo que representa para la historia de Francia. Bienvenidos al Palacio de Versalles.
En muchas ocasiones, cuando vas de turismo a Paris optas “por lo cómodo”, lo que todo el mundo ve y recorre y es cierto que uno necesita más de una semana a buen paso para recorrer todos los rincones de la capital parisina pero si te gusta lo clásico, tienes que acercarte.
La última vez que fui pasó algo curioso que cuando llevas tanto tiempo viviendo allí no te sorprende. Tenía ganas de regresar porque hacía varios años que no volvía. Y se me ocurrió dejarlo para un domingo, daban mal tiempo, pero ya se sabe cómo es Paris, cuando dicen eso aciertan la mitad de las veces. Precavido, cogí mi mochila y partí con mi cuaderno que siempre me gusta llevar para anotar y por supuesto, mi paraguas. El camino hasta llegar allí es largo si no vas en coche porque tienes que bajar al metro que hay en el Musée d´Orsay y enlazar con la línea C dirección Versailles Chateau Rive Gauche.
Después de pasar media mañana en el tren llegué a la ciudad. Uno todavía tiene que caminar unos minutos pero cuando divisa la majestuosa puerta de entrada al Palacio de Versalles se le quitan todos los males y dolores. Y entonces pasó lo que tenía que pasar, llegó el diluvio. Fue gracioso sentirse seguro bajo mi paraguas mientras la mayoría de los allí presentes recibían sobre sus cabezas el milagro divino de la fuerte tormenta según esperaban avanzar la cola.
Por este palacio han pasado varios de los reyes de la historia de Francia, Luis XIV, Luis XV y Luis XVI, y todos ellos no escatimaron en gastos durante su estancia. Solo hace falta recorrer sus más de 700 habitaciones y su hermoso jardín para comprobarlo. Fue este primero el que se decidió a trasladarse a vivir allí junto a su corte desde el Louvre, la que siempre había sido hasta la fecha sede de las familias reales.
Para mí la joya de la corona es el jardín. Con su gran construcción en formas geométricas y basándose también en la perspectiva, y que juega mucho en el uso del agua y la disposición de sus fuentes. Al que le guste disfrutar de largos paseos va a poder recorrerlo tranquilamente, aunque tiene que tener una cosa clara, son más de 800 hectáreas.
Un consejo, si llevas la entrada comprada mejor. Si ya de por sí hay colas para acceder al interior, súmale otra más si no lo has previsto. Visitar el Palacio Real es sumergirse en el mundo de la realeza, rodearse del lujo, sus miles de detalles dorados, su cargada decoración, su sobreexposición de lámparas, de alfombras, cortinas, muebles…
La sala más impresionante es la que se conoce como La Galería de los Espejos. A mí es la que más me impacta cada vez que voy. Allí se han firmado varios de los acuerdos más importantes de la historia como la proclamación del imperio alemán o la firma del Tratado de Versalles con el que se puso fin a la Primera Guerra Mundial en 1919. Esta sala es una genialidad del gran Mansart que tuvo la ocurrencia de sobrecargarla de espejos, algo que en esa época solo se hacía en la ciudad de Venecia.
Cuenta con 17 ventanas acabadas en arco que dan lugar a otras tantas arcadas decoradas con espejos sujetos por varillas y clavos de bronce labrado. Cuando una pasea por allí se siente como que forma parte de la realeza y revive un momento histórico. ¡No dejen de ir a Versalles!

















Comentarios