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El último peldaño del gótico francés

  • Foto del escritor: Pedro
    Pedro
  • 26 abr 2020
  • 3 Min. de lectura


La lista de ciudades francesas en las que he estado es interminable. Todas merecen mi reconocimiento porque en ellas siempre hay algo que destaca y las hace diferentes. Hoy os voy a hablar de una de las que para mí tiene una de las catedrales más hermosas del país y puede que del mundo. Me refiero a Reims.


Forma parte junto con Amiens y Chartres de lo que los franceses llaman el conjunto de catedrales clásicas. Y no les falta razón. Fue construida en el siglo XIII y su valor y riqueza han hecho que sea uno de los edificios más visitados por los turistas. Prueba de ello es que en 1991 logró ser incluida en la lista del Patrimonio de la Humanidad que elabora la UNESCO.


Su primera piedra la pusieron en el siglo V por mediación del obispo San Nicasio quien mandó construir la catedral de Reims sobre antiguas termas romanas. Pasaron varios siglos y llegamos a 1211. El 6 de mayo de aquel año, el arzobispo Aubry de Humbert inició el levantamiento de la nueva catedral, destinado a sustituir a la anterior que fue derribada por un incendio.


Fue un gran trabajo de equipo, puesto que nada más y nada menos que cuatro arquitectos se encargaron de su construcción y el buen ritmo de la obra hizo que en 1275 ya estuviese el gran grueso terminado. A finales del siglo XIII la catedral estaba acabada a excepción de la fachada occidental.


Sus torres son de las más altas de Francia con un total de 81 metros y cuentan con dos grandes campanas que pesan más de 10.000 kilos. Las obras siguieron a buen ritmo para lograr lo que vemos hoy en día si nos acercamos a visitarla. Además hay que reconocer el valor y el mérito que tuvo la Asamblea Nacional que en 1875 proporcionó fondos para reparar su fachada y las balaustradas, que llevaban sin tocarse desde la Edad Media.


La catedral de Reims fue considerada como un “mártir” más tras la tragedia de la Segunda Guerra Mundial. Los alemanes la bombardearon puesto que la veían como un símbolo de Francia, algo que no podían permitirse. Se declaró un gran incendio que afectó a la torre norte y se propagó por todo el armazón. El plomo del techo se fundió y se vertió a través de las gárgolas que la adornaban.


La ardua labor de los vecinos fue encomiable. Ellos fueron los grandes héroes de la reconstrucción. Los trabajos de restauración comenzaron en 1919 bajo la dirección de Henry Deneux, arquitecto jefe de Monuments Historiques. Veinte años después se logró que la catedral abriese de nuevo sus puertas.


Es una joya del gótico francés. Recomiendo firmemente se acerquen a visitarla si pueden, no les va a defraudar. Al contrario, se van a llevar una grata sorpresa, quizás no es tan conocida ni tiene tanta repercusión como Notre Dame de París pero merece mucho la pena descubrirla. Cuenta con muchísimas estatuas en su interior, hasta un total de 1303. También posee tapices y conserva vidrieras que van desde el siglo XIII al siglo XX.


Su pórtico central está dedicado a la figura de la Virgen María. Los que entren podrán contemplar su gran rosetón. Los historiadores del arte siempre han calificado a esta catedral como un monumento clásico de serenidad y reposo en la evolución del gótico. Y tienen mucha razón. No se la pierdan

 
 
 

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