La dama de hierro de París
- Pedro

- 18 may 2020
- 2 Min. de lectura

Es el monumento más famoso de la ciudad y el símbolo de una gran capital. Elevado a 300 metros de altura y con 10.000 toneladas de peso, ofrece unas vistas impresionantes cuando accedes a su plataforma instalada en el tercer piso. Hablamos por supuesto… de la Torre Eiffel.
Su constructor fue Gustave Eiffel y levantó esta gran obra con motivo de la conmemoración del centenario de la Revolución Francesa en 1889 después de 2 años, 2 meses y 5 días de incansable trabajo. El acto de inauguración corrió a cargo del Príncipe de Gales, que más tarde se convertiría en el rey Eduardo VII de Inglaterra.
Cuando tus ojos se posan sobre ella sientes una sensación única que pocos monumentos logran. Tienes la Torre Eiffel para ti, te llama a que subas, que la recorras, que disfrutes palmo a palmo, la admires desde su interior, bajo sus arcos de hierro.
He estado tres veces en lo más alto y las vistas son espectaculares. Muy recomendable sobre todo cuando cae la noche en Paris y el buen tiempo permite disfrutar de una imagen única e irrepetible. Si uno se ve con fuerza y animado, también puede optar por subir los tres pisos andando por las escaleras, sólo hay 1665, ánimo. Eso sí, no es obligatorio llegar a lo más alto, aunque ya que estás, qué menos. El primer nivel se ubica a 57 metros de altura, el segundo a 115 metros y el último a 276 metros.
Esta gigantesca obra ostentó el título de la estructura más alta del mundo realizada por el hombre hasta que el edificio Chrysler fue construido en Nueva York. Apodada “La dame de fer”, la dama de hierro, recibe más de 7 millones de visitas al año.
Pese a que al principio los parisinos no veían muy bien este monumento y la idea de tenerlo en el Campo de Marte no les entusiasmaba, con el paso del tiempo ha logrado convertirse en un símbolo con el que se sienten muy representados. Lejos quedan las críticas que recibió y que la tildaron de “inútil y monstruosa”, así la definió un colectivo de artistas a los que Eiffel les expuso que sería “un resumen de la ciencia contemporánea erigida a la gloria de París”.
Y no se equivocaba. Cada noche al caer la luz la Torre Eiffel enciende sus luces cinco minutos por hora y parece un faro iluminado en la sombra de la capital.



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