Sinónimo de paz y concordia
- Pedro

- 11 nov 2020
- 2 Min. de lectura
Valladolid no es solo la capital. Cuenta con una serie de pueblos con mucha historia detrás, algunos de épocas remotas, poblados ya en el período del paleolítico y que hoy en día conservan restos arqueológicos que nos permiten confirmarlo. Uno de ellos es Arroyo, a medio camino entre los núcleos de La Vega y Monasterio.
Cuenta la historia que a través de una serie de documentos del siglo XVI se le otorgó la denominación de villa, y todos aquellos vecinos que lo solicitasen recibirían también un lote de tierras. En el siglo XVII Arroyo se fusiona con la Encomienda de Wamba, que únicamente contaba con 13 vecinos censados. A mediados del XIX, su desarrollo le permite contar ya con un ayuntamiento propio y unirse a la diócesis, administración de rentas y capitanía general de Valladolid.
En los libros de historia se recoge que en 1836 con motivo de la desamortización de Mendizábal, el término cambió de dueños. Fue entonces cuando los Ibáñez, familia que se dedicaba a la agricultura y la ganadería, y los hermanos Fernández Zumel, pasaron a ser los propietarios de gran parte de los terrenos de Arroyo. La buena situación de la villa, tanto a nivel ecológico, estratégico como económico, tuvo mucho valor en la antigüedad, y sirvió de itinerario de invasiones, migraciones, ejércitos y todos los pueblos y culturas que accedieron a la Meseta.
Hoy en día Arroyo conserva su joya arquitectónica de la época: la iglesia de San Juan Evangelista. Levantada en el siglo XII es su referente del estilo románico. Perteneció a la Encomienda de los Caballeros Hospitalarios de la Orden de San Juan de Jerusalén de Wamba. Aunque sus dimensiones sean reducidas, destaca sin duda su portada, con seis arquivoltas de medio punto y su ábside semicircular.
Sin duda, un municipio con historia para descansar, pasear y relajarse.













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