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Un enclave mágico

  • Foto del escritor: Pedro
    Pedro
  • 17 may 2020
  • 2 Min. de lectura

He ido tantas veces a Burdeos que después de Paris es la segunda ciudad de Francia que más conozco. Y es normal. A pesar de contar solo con 240.000 habitantes, su área metropolitana logra que esa cifra se amplíe a cerca de un millón. El enclave de la región de Aquitania es muy bonito y se encuentra rodeado de enormes hectáreas de viñedo, con 57 denominaciones de origen y 13.000 vinicultores. Por ello es, la zona del vino por excelencia.


El patrimonio histórico con el que cuentan los bordeleses es muy rico a nivel monumental. Ha sufrido varios cambios en su urbanismo y gracias a la inversión de sus dirigentes ha conseguido que sea patrimonio de la UNESCO. La primera vez que la visité ya tuve esa sensación de estar en un lugar con encanto, mágico y del que no querría irme jamás.


Hay tantos lugares de interés para descubrir que me tiraría una semana comentándolos, pero los que más me han gustado de siempre son su torre Pey-Berland, la catedral de Saint André y su mítica Place de la Bourse.


Y si tuviera que elegir un único sitio de Burdeos… me quedo con ésta última. Cuando se construyó en el siglo XVIII, se necesitaron más de 20 años de trabajo para terminarla. El concepto de una plaza rectangular, con grandes fachadas decoradas que han hecho de ella un lugar maravilloso por el que pasear. En los orígenes, este lugar estaba separado del río Garonne por unas enormes puertas que fueron derribadas durante la Revolución Francesa.


Contaba con una estatua ecuestre de Napoleón en el centro que cayó y se la reemplazó por la fuente que se conserva hoy en día. Es la más fotografiada de la ciudad, sobre todo al caer la noche puesto que su famoso espejo del agua, da una imagen única junto al juego de luces que se proyecta.


Pasear por el viejo centro de la ciudad también es muy relajante. Me encanta recorrer sus calles estrechas y empedradas que permiten que todo su interior sea súper tranquilo y apenas haya tráfico. Los turistas suelen utilizar mucho su tranvía, muy útil para desplazarse por la ciudad y los alrededores. Francamente es uno de los mejores del mundo, han sabido darle buen uso y encima conecta en diez minutos con otra de sus joyas, su Ciudad del Vino abierto en 2016.


La Cité du Vin, definida como el faro del enoturismo en Burdeos ha logrado seducir ya a más de 1.500.000 personas, entre las que me encuentro. Visitarla por dentro es disfrutar de una arquitectura única que descubre a toda la riqueza y diversidad vinícola del mundo. National Geographic la ha clasificado en el séptimo puesto de los mejores museos del planeta, por algo será.


El último de los enclaves del que voy a hablar es su famosa Tour Cailhau, que sirve de entrada a la ciudad. Pese a que se remonta a 1494, su silueta apenas ha sufrido variación con el paso del tiempo y ha sabido conservarse a la perfección. Conmemora la victoria de Carlos VIII en Italia. Con 35 metros de altura era una de las murallas de la ciudad. Todo aquel que se acerque a Burdeos no debe perderse la oportunidad de subir.


Burdeos es arte, es cultura, es puro patrimonio, simplemente es perfecta. Ya quiero volver…

 
 
 

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